Iatrogenia y autismo



Autor: Arn Van Krevelen

     Una hipótesis en boga en nuestra época es que los trastornos mentales son provocados, fundamentalmente, por factores psicológicos. En el campo de la paidopsiquiatría esto se traduciría diciendo que las influencias ambientales, sobre todo las actitudes parentales y muy especialmente las perturbaciones de la relación madre-hijo, constituyen la base de enfermedades, trastornos y desviaciones infantiles. Hace poco tomé conocimiento de uno de los ejemplos más curiosos de esta teoría: se trata de una interpretación psicológica sobre la génesis de la dislexia, que la mayoría de los paidopsiquiatras considera como una anomalía congénita del cerebro. En opinión del psicólogo británico Ravenette la causa del trastorno, en este caso, se debía a que el padre del paciente, inconscientemente rechazaba la idea de que el niño lo superara. Este papá, en su infancia, había sufrido dificultades en el aprendizaje de la lectura, y por lo tanto no podía tolerar que su hijo tuviera mejor rendimiento que él: alguno de ambos debía ser el miembro tonto de la familia. La dislexia resultaría, entonces, de los sentimientos de rivalidad o de inferioridad del progenitor. Por su parte Weinschenk en Alemania dice no haber encontrado nunca padres de niños con este tipo de dificultad que no hayan realizado todos los esfuerzos posibles para solucionar el problema de sus hijos.

     Es posible que haya padres que no se sientan afectados por opiniones como las del psicólogo inglés en cuanto a la responsabilidad que les cabe en el trastorno del niño, pero, desgraciadamente hay muchos que pierden su equilibrio emocional ante tal acusación. El daño producido a un individuo por acciones de trabajadores de la salud se llama iatrogénico. Este daño, como veremos más adelante, puede ser directo o indirecto, es decir que puede afectar al paciente en forma inmediata, o secundariamente a través de la reacción del medio, familiar o extrafamiliar, y hasta es posible que el efecto no recaiga sobre el pequeño sino solamente sobre sus padres. Esto último ocurre cuando la afección es tan grave que ya no puede empeorar. En mi experiencia he comprobado que existe una relación directa entre la gravedad del trastorno infantil y la susceptibilidad de los padres frente a la acción iatrogénica.

     Resulta lamentable que el descubrimiento de Kanner de los trastornos innatos del contacto afectivo se haya seguido de una verdadera avalancha de perturbaciones iatrogénicas. Es absolutamente distinta la opinión de quien describiera primero el cuadro del autismo infantil precoz y la que han difundido tantos investigadores que argumentando una psicogénesis del cuadro, ven su origen en una falla de la relación madre-hijo, ignorando otra obra fundamental de Kanner: “En Defensa de las Madres”, que lleva como sugestivo subtítulo: “Cómo Educar Hijos a Pesar de los más Fervientes Psicólogos”. Tal vez la razón de esta tendencia de los profesionales norteamericanos sea que nuestro autor consideró al autismo como la forma más precoz del grupo de las esquizofrenias, y es bien sabido que muchos clínicos norteamericanos  consideran la esquizofrenia como una enfermedad exclusivamente psicógena. En Europa la esquizofrenia es un proceso, con comienzo perceptible y con un estado final defectuoso. Aquí, antes de diagnosticar un cuadro esquizofrénico, es necesario demostrar la ruptura de la línea de desarrollo, lo que se vuelve cada vez más dificultoso a medida que la historia personal es más corta. Por esta razón siempre me resistí a incluir al autismo infantil precoz entre las esquizofrenias. Lo que a lo largo de mi experiencia clínica me resultó evidente fue el retraso en el desarrollo, de manera que, a pesar de coincidir con Kanner en que se trata de una entidad específica, la consideré más cercana a la debilidad mental.

     Me parece oportuno explicitar cómo se despertó mi interés por los trastornos iatrogénicos. Mi segundo caso de autismo infantil precoz fue el único hijo varón en una familia con dos hijas más. Nuestro niño contaba con siete años de edad y era hijo de un importante directivo industrial que soñaba con que el pequeño lo sucediera en la conducción de la empresa. El primer acto iatrogénico de quienes atendieron al niño fue sugerirle a la familia que este sueño podía concretarse siempre que cumplieran con el tratamiento prescripto. La segunda y más grave influencia negativa consistió en introducir en la familia a una joven entrenada para sustituir a la madre y observar la dinámica del grupo a fin de informar al equipo tratante sobre el clima emocional de dicho grupo. Es de destacar que la mamá descubrió cuartillas con notas que reproducían diálogos con su marido y comentaban sus actitudes hacia el hijo enfermo y hacia los otros miembros de la familia. El tercer error fue haber afirmado a la familia que el cuadro se debía a que habían tomado vacaciones cuando el niño tenía ocho meses sin llevarlo consigo. La cuarta, a la vez, más grave acción iatrogénica fue haber informado al papá que su esposa carecía de capacidad afectiva y resultaba incapaz de desarrollar la vida emocional de su hijo. El resultado, como era de esperar fue catastrófico para la vida familiar y para cada uno de sus miembros.

     En estas condiciones los recibí en consulta. Mi diagnóstico clínico, confirmado electroencefalográficamente, fue el de trastorno autístico como secuela postencefalítica. Pero ya era tarde, este criterio llegaba a ellos cuando estaban abatidos, con un papá que oscilaba entre el temor y la esperanza, y que culpaba –aún en público- a su esposa por la enfermedad del niño, y una mamá desesperada que no sabía como manejarse con un hijo incurable. No es extraño que no pueda olvidar tal destrucción de una vida familiar.

     A medida que fui enfrentando nuevos casos de iatrogenia en padres de niños autistas me sentí progresivamente interesado en la relación existente entre ambas condiciones.

     Tiempo después de aquel caso me consultaron por un niño autista de diez años, cuyos padres fueron inducidos a darlo en custodia a una familia supuestamente entrenada para tratar con autistas: el caso desembocó en una serie de episodios epilépticos. En otra ocasión observé a una niña, también de diez años, gravemente perturbada, cuyos padres habían seguido el consejo del médico tratante de acoger en la familia a una enfermera “especialmente entrenada” junto a otro niño autista, ya que se consideró que la ineptitud de la madre había sido la causa del cuadro. Las dificultades aumentaron hasta que no pudieron seguir solventando el costo de este “tratamiento”.  En este caso la interrupción también llegó tarde, el derrumbe emocional de la familia ya se había producido.

     Por supuesto que cuanto más perturbado está el niño, resulta menos susceptible a las influencias iatrogénicas, pero en el caso de los progenitores la relación es inversa.

     La iatrogenia puede estudiarse desde distintos puntos de partida, pero aquí seguiré los pasos de Kanner y Schipkowensky.

 


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