En un barrio de casitas simples y con jardín, un barrio así, como el barrio
tuyo, hay una placita chiquita pero muy linda. Igual que la plaza de tu
barrio; tiene bancos, césped para tomar sol y mate con galletitas; tiene un
vendedor de pirulines y pochoclos y manzanas acarameladas, y tiene juegos
para los nenes y las nenas.
Como la plaza es chiquita, entran pocos juegos: dos toboganes (uno alto y
uno bajito), tres sube y baja y cuatro hamacas, adentro de un arenero
limpio.
En esa plaza no dejan entrar perros y tiene un tacho grande color naranja
para tirar los papeles de los caramelos. Es una plaza limpia y los vecinos,
que son los papás de los nenes y nenas del barrio, la pintaron con hermosos
colores: los toboganes son amarillos, como el sol, las hamacas azules, como
el colectivo del barrio y los sube y baja rojos como la pintura de labios de
tu mamá.
Los nenes habían aprendido a querer y cuidar esa placita: no llevaban a sus
perros para que no la ensuciaran, y para que no le hicieran pozos con sus
patas y rompieran las flores; tiraban los papeles de los caramelos en el
tacho naranja y no escribían los juegos ni la pared que sostenía la estatua
de un señor que estaba en un caballo y señalaba el cielo con este dedo, el
índice.
Todas las tardes los nenes y las nenas se juntaban a jugar y a conversar y
las mamás tejían o tomaban mate. La plaza era una fiesta los días de sol.
Iván era un nene que también iba a la plaza, pero siempre estaba enojado,
muy enojado; con la maestra, con la mamá, con los amiguitos y amiguitas, con
todos. Y cuando estaba muy enojado cerraba la boca, apretaba los puños y si
se enojaba más, no contestaba a nadie.
Ese día, Iván estaba más enojado que nunca: le había dado un empujón a un
nene, le había tirado la comida a su perro de una patada y cuando la mamá lo
llevó a la placita para que jugara se puso a hacerles rayas con un fibrón a
los juegos recién pintados, y hasta a la pared de la estatua que sostenía al
hombre que señalaba el cielo con el dedo, la rayó con el fibrón negro.
Cuando la mamá lo vio, lo retó, pero él no le contestó; estaba enojado. Los
amiguitos y las amiguitas del barrio lo rodearon y le dijeron: - ¡eso no se
hace! ¡La plaza está limpia! ¡Tu papá también trabajó pintando y limpiando!
Entonces Iván salió corriendo, entró en su casa, se metió en su pieza y no
quiso salir ni para cenar.
Como seguía muy enojado, pensaba escaparse de su casa cuando todos se
durmieran. A la noche, cuando escuchó los ronquidos de su papá, saltó por
la ventana y salió corriendo.
Pero de noche no es como de día; la calle está vacía, las sombras de los
árboles parecen ladrones que te van a atacar y te da miedo; todo es muy
diferente. Entonces Iván pensó en refugiarse en la plaza, detrás de la
estatua, donde había un hueco para esconderse, y esperar a que saliera el
sol.
La luna brillaba, redonda, muy alto en el cielo y las estrellas titilaban,
que quiere decir que se prenden y se apagan muy, pero muy rápido. Iván se
distrajo mirando el bonito cielo y por un rato no tuvo miedo. Cuando la luna
tocó, o pareció tocar, la rama más alta del árbol más alto de la plaza, todo
cambió de color y la plaza se iluminó de una luz blanca como la luna; la
plaza era la misma, pero parecía diferente. Los pastos y las flores cantaban
suavecito y bailaban, los bancos movían sus patas y las estiraban, caminando
muy lentamente por el lugar. Y ahí estaban. las vio. las rayas que había
hecho en los juegos y en la pared blanca de la estatua del hombre que
señalaba el cielo con el dedo índice, éste dedo.
Iván perdió el miedo con el asombro y miró todas las cosas que eran iguales
pero diferentes; entonces oyó como un llanto, y vio que venía de las hamacas
que se movían solas y se quejaban con voces finitas diciendo:
-¡Mirá que feo. mirá que feo!, ¡un nene nos escribió. un nene nos escribió!,
¡tan lindas que estábamos.! -decían cuando iban para adelante.
-¡Tan lindas que estábamos! -repetían cuando iban para atrás.
-¡Esta pintura nos pica!- lloriqueaban e iban todas para adelante.
-¡Esta pintura nos pica!- repetían cuando volvían para atrás.
-¡Si nosotras no le hicimos nada!- iban para adelante.
-¡Si nosotras no le hicimos nada!- iban para atrás; y se hamacaban cada vez
más rápido, diciendo para adelante y diciendo para atrás:
-¿Por qué.? ¿Por qué.? ¿Por qué.? ¿Por qué.?
Iván no lo podía creer, él había puesto tan tristes a las hamacas, y no lo
sabía.
En ese momento, escucha unas voces gruesas que se quejan:
-¡Mi-mi-miren lo que nos hi-hi-hicieron!- decían los sube y baja.
- ¡Nos lasti-ti-timaron con un fibrón! ¡pi-pi pica mucho! ¡ay ay ay! -
lloriqueaban mientras subían y bajaban sin que nadie los empujara.
- ¡Si a ese ne-ne nene lo su-su subíamos si-si siempre, desde que era chi-
chi chiquito! ¿po-po por qué nos escribió de este mo-mo modo? ; ¡pi-pi pica,
pi-pi pica, pi-pi pica!- decían, y cada vez subían y bajaban más rápido,
quejándose.
Iván se iba a poner a llorar por lo que les había hecho a las hamacas y a
los sube y baja, cuando escuchó unos vozarrones que se quejaban más fuerte
todavía. Miró y vio que eran los toboganes que decían:
-¡aaay! ¡aaay! ¿por qué Iván nos escribió con fibrooón? ¡nos arde muuucho!-
se quejaban y al tiempo que movían sus patas, hablaban con palabras largas,
de tobogán. Estaban tristes, muy tristes, porque habían visto crecer a Iván
y lo querían.
-¿Pooor qué?, ¿pooor qué? ¿pooor qué?- decían con sus palabras largas de
tobogán.
-¡Estábamos taaan lindos! Y empezaron a decir unos ¡ayyyyyyyyyyy! cada vez
más largos hasta que a Iván se le cayó una lágrima. Ahí vio que las patas
del caballo de la estatua se movían y pensó:
- Ahora el señor de la estatua me va a retar- y se puso muy nervioso. Pero
al señor se le cayó una lagrimita, nada más; no dijo nada, porque las
estatuas son mudas.
Iván se dio cuenta del daño que había hecho y se puso triste, tan triste que
se le fue el enojo.
En ese momento, la luna dejó de tocar la rama más alta del árbol más alto de
la plaza y la luz blanca desapareció. La plaza volvió a ponerse igual que
antes e Iván se dio cuenta que estaba actuando muy mal. Entonces volvió
corriendo a su casa, entró por la ventana, se acostó en su cama y se durmió.
Al día siguiente, cuando se despertó, todavía tenía piedritas de la plaza en
sus manos, las miró y pensó que si estaba siempre enojado hacía sufrir a los
que lo querían.
Ese día no pateó la comida del perro, le dio un beso a su mamá y habló con
la maestra y sus compañeros en el aula.
A la tarde, cuando volvió de la escuela, buscó un balde y un trapo y limpió
todos los juegos y la pared de la estatua; entonces, le pareció escuchar un
"gracias. gracias", un "gra-gra gracias" y un "graaacias" que venían de los
juegos. La estatua del hombre que apuntaba con el dedo índice al cielo no
dijo nada, porque las estatuas son mudas, pero le guiñó un ojo.
Todos los amigos y amigas de la plaza lo invitaron a jugar muy alegres y él
fue y se divirtió mucho porque ya no estaba más enojado.