Los estudios de las actividades de juego favoritas revelan ciertas tendencias generales de acuerdo con la edad y ciertas diferencias entre niños y niñas, aunque el orden de popularidad de los distintos juegos varía algo según la localidad, la estación, la situación económico-social y la inteligencia. Los juegos de los niños corren parejos con las tendencias en el desarrollo motor, social y mental.
Entre los juguetes y juegos que, según se ha observado, gozan de preferencia entre los niños en edad preescolar se hallan los que sirven para hacer otra cosa imitando un modelo, como las cuentas, rompecabezas, tableros de clavijas, etcétera (los niños menores utilizaban esos juguetes principalmente como materiales para manejar y transportar); las “materias primas”, como habichuelas, bloques, cubos de colores, pizarra y la tiza y los carreteles; y los locomotores como trenes, coches, triciclos, etcétera.
Entre grupos de niños de jardín de infantes y primer grado se ha observado que los juguetes favoritos para jugar en un interior, eran los materiales de construcción, especialmente los bloques (los más populares entre los varones); luego seguían los materiales para pintar y modelar; el dibujo y el material de construcción de cartón no eran muy populares; y la construcción con papel y los materiales de costura eran los que gozaban de menor aceptación (Farwell, 1930). El interés de las niñas por el material de construcción con papel aumentaba algo desde el jardín de infantes hasta el segundo grado de la escuela primaria. Se observó que las niñas se interesaban algo más que los niños por los otros seres humanos y los muebles, en tanto que los varones (en éste y otros estudios) demostraban más interés que las niñas por los vehículos. Esta tendencia de las niñas a manifestar un interés relativamente mayor por las personas, y de los niños a manifestar un interés relativamente mayor por las cosas se ha observado también en otros estudios.
En un estudio realizado por Van Alstyne (1932) sobre niños de dos a cinco años de edad se observó un cambio gradual de interés por los materiales de juego, pero algunos de éstos, como los bloques, la tiza y las casas de muñecas (las muñecas con sus vestuarios, utensillos y muebles correspondientes) atraían fuertemente a los niños de todas las edades. Los de tres años mostraban más interés que los de dos por los coches y los libros; los de cuatro años manifestaban un interés mayor por las pelotas, las cuentas, los autitos y las tijeras; los de cinco años se interesaban sobre todo por los lápices. Los niños más pequeños tendían a jugar con materiales activos más que con los sedentarios, pero a los cinco años se manifestaba más o menos el mismo interés por la actividad que por las ocupaciones sedentarias.
A medida que los niños moderan la cantidad de actividades a que se dedican, hay una tendencia a disminuir con la edad en el número de las diferentes actividades nombradas (Lehman y Witty, 1927, 1930). Los niños mayores tienden también a dedicarse a juegos más solitarios. En un estudio (Lehman y Witty, 1927) se observó que tantos los niños retrasados como los avanzados en su educación intervienen en casi la misma cantidad de juegos que los que progresan normalmente en la escuela, pero entre los alumnos con bajos cocientes de progreso parecía existir una tendencia a volver a las actividades sociales de juego, en comparación con aquellos cuyo progreso escolar era normal. En algunas comunidades hay también diferencias en los juegos a los que se dedican los niños de diversas situaciones económico-sociales.
Entre los juegos que se abandonan al crecer hay muchos que consisten en alto grado en una tosca coordinación mucular. Muchos de los movimientos que intervienen en esas actividades son incorporados a juegos más complejos que aparecen más tarde. Otra forma de juego que disminuye mucho a medida que el niño crece es aquélla en que interviene la ficción, como jugar a los cowboys, indios, policías y ladrones, a manejar la casa y con muñecas.
La disminución con la edad no se limita, sin embargo, a los juegos de ficción y a las actividades físicas relativamente sencillas, pues desaparecen también muchos que requieren no poca habilidad y coordinación. A medida que los niños avanzan hacia la adolescencia, muchos de ellos tienden a convertirse más que en participantes, en espectadores. Gran parte de la actividad que desarrollan en sus juegos y muchas de las actividades a las que se dedican en los horarios de juego dirigido de la escuela caen en desuso. Una de las actividades en que más se insiste en los programas recreativos y de educación física es, por ejemplo, el vóley y sin embargo, después de los años de escuela primaria son muchos niños que raras veces encuentran ocasión de practicarlo.
Podría alegarse que las actividades recreativas y los juegos han cumplido su propósito si son suficientes para el momento y la edad en que prosperan. Pero en gran parte del juego de los niños no influyen únicamente sus intereses espontáneos, pues el ambiente en que adquieren esos intereses están controlados en alto grado por los adultos.
Un problema práctico relacionado con el juego de los niños es la provisión de espacio para jugar y de centros de recreo. Este problema no se resuelve limitándose a proporcionar a los niños espacio y equipos abundantes, pues muchos de ellos aunque utilizan a veces el espacio puesto a su disposición, se interesan también por jugar en las calles y reunirse donde los adultos realizan sus actividades. Una información interesante a este respecto se encuentra en un estudio de Reeves (1931), que se basa en un examen del juego callejero en gran cantidad de ciudades. Se observó que gran proporción de niños (varones más que niñas) se limitaban a vagar por las calles durante los momentos libres; por término medio, menos de la mitad de los que se hallaban en las calles jugaban activamente y solo una pequeña parte se dedicaba a juegos organizados. El porcentaje de los que se hallaban en las calles tenía muy poca relación con la cantidad de espacio para jugar al aire libre de que se disponía en la ciudad.
El grado en que los niños frecuentan las calles cuando se dispone de espacios para jugar varía, no obstante, de acuerdo con las atracciones que ofrecen los campos de recreo. En algunos casos se ha observado que es más probable que los niños concurran a un campo de recreo si actúa en él como inspector un adulto capaz. En el caso de los niños menores se ha observado, que los que han asistido durante mucho tiempo al jardín de infantes se aburren a menudo con los juegos repetidos y acuden a los adultos en busca de ideas y estímulo. Como se advirtió anteriormente, la capacidad de un niño para dominar una actividad y disfrutar con ella puede superar a su capacidad para inventar o improvisar una actividad que le haga ejercitar sus facultades. Esto constituye una poderosa razón para proporcionar a los niños el beneficio del estímulo que puede darle un adulto ingenioso.
Cuando se pide a los niños que revelen sus intereses no solo mencionan las cosas que les gusta hacer, sino que muchos de ellos, si les da la oportunidad, declaran también que les aburren muchas cosas que se supone les interesa.