El juego infantil



El juego infantil

 

            El juego del niño es una ocupación seria. Gran parte del trabajo de la infancia se hace por medio del juego. Ésta es una actividad que realiza el niño porque la necesita, porque es suficiente y remuneradora en sí misma. No la emprende con el fin de un beneficio ulterior ni para obtener el elogio o la aprobación. El juego es uno de los medios más importantes con el cual el niño ejercita su impulso a desarrollarse. Es un medio con el cual el niño pone a prueba a sí mismo, no solo con la imaginación valiéndose de fantasías, sino activamente en persona.

             Cuando un niño puede jugar libremente, puede ejercitar sus aptitudes crecientes, espontáneamente, a su modo y en el grado de complicación y dificultad elegido por él mismo, poner a prueba sus facultades en desarrollo, arriesgarse en nuevas experiencias y aventuras. El juego es un medio con el cual pasa de lo conocido a lo no probado y desconocido. Como tal, tiene una importancia muy grande en el progreso del desarrollo y en la economía de la vida diaria.

              El juego tiene muchos aspectos. El comienzo de toda experiencia nueva contiene habitualmente un elemento de peligro. Existe algún riesgo cuando el niño trata una y otra vez de quedarse solo, de caminar sin ayuda, o de trepar, andar en bicicleta o nadar. Hay un elemento de riesgo cuando los niños pequeños corren, se esquivan, se persiguen, saltan y chocan unos contra otros. En este sentido, el juego es una aventura. Hasta en algunas de las formas más sencillas de juego existe, al menos potencialmente, una pequeña posibilidad de peligro.

 En muchos de sus juegos, los niños se crean deliberadamente condiciones algo más peligrosas que lo necesario. Esto puede verse en el acto de deslizarse cuesta abajo, trepar y también en los juegos corrientes. Por ejemplo, el de la pelota no solo lo hacen más complicado, sino que cambian una pelota blanda por una dura que arrojan con violencia, y que puede causar daño y heridas si golpea a alguien o si es manejada con torpeza.

            Otro elemento importante del juego es la repetición. Ésta da al niño la oportunidad de consolidar las habilidades que exige el juego, y a medida que se va haciendo más experto va adquiriendo facilidad para improvisar, para intentar pequeñas sutilezas y para crear innovaciones propias. Un resultado de esto es que, aun cuando los niños en su juego algunas veces parecen hacer lo mismo una y otra vez, la repetición puede estar muy lejos de ser estática. Si el niño, por ejemplo, ha aprendido las habilidades motrices elementales que le permiten correr y escabullirse, puede crearse una estrategia, tratar de anticiparse a los movimientos de sus compañeros de juego y hacerles frente. Además con frecuencia los niños, tras alguna repetición que los ha capacitado para dominar la aptitud fundamental, se sienten estimulados a desarrollarla convirtiéndola en un movimiento más complicado. Esto se ha observado por ejemplo, en relación con sus actividades rítmicas (Christiansen, 1938). Una vez aprendidos más a fondo, los diversos elementos del juego se convierten en medios para otras actividades.

            El hecho de que un juego relativamente sencillo puede convertirse en un medio para un propósito más complicado, se observa a veces en el juego de niños y niñas cuando llegan a la adolescencia. En la adolescencia, los niños y niñas recurren muchas veces a juegos muy “pueriles”, como correr, perseguirse y golpearse, pero este juego es un medio con el cual se hacen requerimientos amorosos. Hasta un hombre juguetón de cuarenta años y una mujer retozona de la misma edad se hacen a veces sus primeros requerimientos por medio de juegos pueriles en las reuniones sociales y excursiones.

            Estos ejemplos ponen de manifiesto que el juego puede implicar mucho más que lo que se advierte superficialmente. Un observador puede considerar un tanto pueril que un niño de catorce años o un hombre de cuarenta traten como un niño de cuatro años a miembros del sexo opuesto, a menos que comprenda que esas actitudes pueriles implican un drama serio.

 

            Mediante el juego, los niños pueden esforzarse por alcanzar fines serios sin tener que enfrentar plenamente la prueba de la realidad. Pueden acercarse a ellos poco a poco. Pueden arriesgarse sin exponerse a todas las consecuencias de un acto ni asumir toda la responsabilidad, como ocurre cuando juegan a la guerra o a manejar la casa. Pueden explorar, poner a prueba y definir sus relaciones con otras personas, salvando las apariencias en caso de desaire. Pueden poner a prueba los límites de la paciencia, el afecto, la pena, la ira y el fastidio propio y de los demás. Por medio del juego pueden ofrecer la tentación y ceder parcialmente a ella, sin prometer rendirse o seguir hasta el fin, como en el juego de besos.

            Por medio del juego, los niños pueden expresar sus necesidades con mayor o menor seguridad, así, cuando desean afecto abrazan con cariño a otra persona mientras juegan. Pueden hacer experimentos con lo que está prohibido, como ocurre cuando juegan con el sexo o ejercitan, dentro de “las reglas del juego”, el deseo de pegar y castigar. También pueden desempeñar varios papeles –del niño de pecho, de madre, de maestra- y poner así de manifiesto con gritos y actos algunos sentimientos con respecto de esos papeles, que de otro modo permanecerían ocultos. De este modo (y de otros muchos) el juego del niño actúa como una especie de revelación para los demás y para si mismo. Al desempeñar un papel el niño puede poner de manifiesto su necesidad de hacer daño a otros. Puede someterse al dolor y a expresar o dar a entender así su deseo de castigarse. Puede revelar el deseo de dominio o de sumisión, el de mayor libertad o seguridad. Puede manifestar su aprensión o descubrir la tendencia a ser bueno, limpio, juicioso y prolijo (o lo contrario) de una manera que sugiere que está ansioso por complacer o siente un impulso de rebelarse, parcialmente oculto.

            El hecho de que el niño revela en el juego deseos, temores, motivos de queja y los estados afectivos que lo inquietan, pero que no se atreve a comunicar a los demás de una manera positiva o ni siquiera a confesarse a sí mismo francamente ha proporcionado la base para la práctica de la terapia por el juego. Durante el juego, el niño puede ser capaz no solo de formular y revelar sino también de resolver y aceptar ayuda para resolver problemas importantes en sumo grado para él en su vida privada.

 


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